Lo que opinen los demás está de más

Viernes 25 de septiembre de 2020. Seguimos en pandemia. Mi mejor amiga del cole me suele decir a diario que me he metido a bruja, que siempre intento adivinar lo que los demás piensan sobre mí y que esas especulaciones no me hacen bien. Tiene razón: me da mucho miedo lo que el mundo opine; me da mucho miedo el juicio, el no ser apta para el mismo, o ser pillada en un renuncio porque también soy humana y me equivoco como todos. Me aterra no ser coherente y por eso ser humillada ante un juez, un jurado o un verdugo, y más cuando una persona se convierte en los tres a la vez. Me aterra fallar y no poder ser “perfecta”. Y sí, sé de sobra que nadie puede serlo y que esta presión es tóxica e innecesaria.

Pero esto no es nada nuevo, y todo aquel que me conoce en profundidad lo sabe. Nunca he llevado bien la desaprobación… Y es que siempre había sentido aprobación al hacer lo que debía: sacar buenas notas en el cole; flojear por las hormonas en el instituto (¡ay, los chicos!), estudiar Bachillerato, aprobar Selectividad, escoger una profesión, elegir licenciatura y sacar buenas notas. Y por buenas notas entiendo sobresalientes y matrículas de honor, mientras trabajaba por las tardes y cultivaba amistades los fines de semana. Y luego ya se sabe. Estudiar un máster, un posgrado…

Y ahí fue cuando empezó a torcerse la cosa en mi vida. Porque tocaba trabajar y punto. Y yo, por amor al arte, acabé por cursar estudios de diseño de indumentaria y costura, y además de rango inferior a los que ya tenía. Y mi familia, tradicional y anciana, aunque se esforzaba, por supuesto no lo entendía. ¿Por qué de repente mi nieta se pone a estudiar para conseguir un título inferior al suyo? ¿Por qué no trabaja?

Porque no hay trabajo era la respuesta, pero eso no es siempre fácil de comprender para una generación que vio como sus hijos se sacaban carreras y ya solo con eso tenían un montón de dinero y una vida garantizada… Lo cierto es que a los millennials no nos ha pasado eso. Yo he estudiado hasta hartarme y lo máximo que he ganado, a mis treinta tacos, son mil euros. Solo he tenido un contrato indefinido, que por cierto pende de un hilo, y he trabajado cobrando o sin cobrar hasta que mis energías han desaparecido. Sin cobrar para “conseguir experiencia” y evitar los temidos huecos del currículum.

Pues bueno, que todo este rollo que acabo de contar estaba enfocado en una única e irrefutable dirección: hay que asumir que cuando hacemos lo que queremos no siempre vamos a complacer a los demás. Porque darle al otro lo que quiere a menudo pasa por sacrificar nuestra felicidad en beneficio de la suya. Y es duro elegirnos a nosotros mismos porque, normalmente, cuando nuestra felicidad pasa por algo que incomoda al prójimo, evidentemente el prójimo va a protestar, va a gritar y va a intentar herirnos instintivamente. Y esto nos va a generar sentimientos de culpa muy desagradables.

Pero no hay que achantarse ni hacerse pequeño ante este tipo de reacciones… (lo dijo el llaverito que mide casi un metro sesenta), sino que debemos defender lo nuestro y ser firmes. Porque en nuestro cuerpo y en nuestra mente solo habitamos nosotros. Y solo nosotros experimentamos la tristeza que supone sacrificar nuestra dignidad en beneficio de los demás y el desajuste hormonal y físico que esto supone, llegando a la depresión en el peor de los casos. No se trata de no ser empáticos ni asertivos, ni de no escuchar a los demás. Se trata, solamente, de ser firmes, dignos y de cuidar de nosotros mismos.

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